Mostrando entradas con la etiqueta Crítica literaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crítica literaria. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de septiembre de 2015

El alfabeto de la gratitud

EN LUGAR SEGURO (Wallace Stegner, Libros del Asteroide, 380 págs.)

“De lo que no quise separarme lo he guardado”. Se trata de uno de los versos de Robert Frost que introducen En lugar seguro, una de las primeras novelas de Wallace Stegner traducidas al castellano. Estas pocas palabras nos dan una valiosa pista para interpretar la cuestión medular que atraviesa la historia de principio a fin: la amistad. En cierto modo, “separarse” –o “no querer separarse”– y “guardar” son verbos que aluden a la distancia y al peso. Toda relación humana pivota sobre estos dos parámetros. La distancia –exterior, pero principalmente interior– es un indicador de la fortaleza o debilidad de un vínculo con otra persona. De modo parecido, lo que cada uno atesora en el corazón tiene un peso que da cuenta de la calidad de dicho vínculo. En palabras de san Agustín, “mi peso es el amor que tengo” (pondus meum amor meus).

Partiendo de esta metáfora, podría decirse que la novela de Stegner es un delicado equilibrio de pesos y distancias. Curiosamente, la historia de la amistad entre el matrimonio Morgan –Larry y Sally– y el matrimonio Lang –Sid y Charity– no es construida a través de grandes acontecimientos. De hecho, los episodios más llamativos quedan fuera de la narración mediante la elipsis. Parece como si Stegner quisiera darnos a entender que el alfabeto de la amistad no está formado por hechos extraordinarios. Es, por el contario, un alfabeto sencillo, aunque acertar en su uso no sea tan fácil. En palabras del autor, se trata de hilvanar “fiestas, excursiones, paseos, conversaciones a media noche, destellos de las escasas horas libres de agobios” (p. 124). Pero también enfermedad y sinsabores, choques y hastío. En dos palabras: peso y distancia.

En último término, la clave del buen uso de este alfabeto es la gratitud. Por eso Larry, el narrador del relato, acuña en las últimas páginas esta expresión tan certera: “el alfabeto de la gratitud” (p. 377). Lo que surge de la relación entre estos cuatro amigos es algo tan singular e irrepetible que solamente puede ser acogido así, con gratitud. Visto de otra forma, la gratitud indica la gratuidad de lo recibido y, al mismo tiempo, el desinterés tanto al dar como al recibir. Lo contrario minaría la amistad, dando pie a un tipo de relación muy diferente. Por esto, “la amicitia es una corriente cristalina” (p. 268). Al hablar de la amistad entre Charity y Sally, Larry presenta una sugerente reflexión, del todo apropiada para tiempos en los que se trata de desnaturalizar este tipo de relación: 

"Lo que de verdad ilumina aquellos meses son los rostros de los amigos"

“Charity y Sally están unidas íntimamente por mil hilos de sentimientos y experiencias compartidas. Cada una es para la otra ese alma gemela comprensiva y favorable que nunca falla y que todo el mundo desea siempre y muchos no encuentran nunca (...). La expresión, en la jerga de ahora, es “vínculo afectivo”. Me imagino que habrá quienes vean en una relación como éste signos de lesbianismo no reconocido; (…) No me importa lo que especulen o las respuestas que se den. Vivimos como podemos, hacemos lo que debemos hacer, y no todo se rige por parámetros freudianos o victorianos. De lo que sí estoy seguro es de que la amistad –no el amor, la amistad– es tan posible entre mujeres como entre hombres, y que en ambos casos suele ser lo bastante poderosa como para no tener que traspasar ninguna línea de seguridad sexual. Sexualidad y desconfianza van juntas muy a menudo, y ambas son incompatibles con la amicitia” (p. 320)

“Lo que de verdad ilumina aquellos meses son los rostros de los amigos” (p. 124), dice el narrador en otro momento. A lo largo de la historia, se hace patente cómo cada amigo provoca en el rostro del otro un destello que sólo él puede arrancar. Por este motivo, tal y como decía C.S. Lewis en Los cuatro amores, la presencia de más amigos solamente puede enriquecer la amistad, pues cada uno suscita en los otros algo que nadie podría suscitar de otra forma. “Nuestras vidas han estado tan entrelazadas entre sí que no podría escribir sobre ellos sin escribir igualmente sobre Sally y sobre mí” (p. 268). En lugar seguro es, en síntesis, una novela donde la amistad entre cuatro personas hace que lo cotidiano resplandezca con un brillo y una tensión narrativa admirables.

sábado, 21 de junio de 2014

Morir para vivir

LOS HERMANOS KARAMAZOV (Fiódor M. Dostoievski. Cátedra. 1.112 págs.)

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; mas si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12, 24)

Con estas palabras de Jesucristo, recogidas en el Evangelio según san Juan, introduce Dostoievski su última obra, Los hermanos Karamazov. En cierto modo, podría decirse que lo que viene a continuación no es más que una glosa, una explicación, de esta cita que sintetiza en pocas palabras la paradoja cristiana: morir para vivir. El autor es consciente de que la explicación de una verdad que no aspira a ser teórica, sino vivencial, no puede hacerse mediante un extenso tratado de teología, sino a través de una historia en la que son personas concretas las que deciden y actúan, las que sufren y maldicen, las que esperan y creen. De este modo, Dostoievski nos relata la historia de los hermanos Karamazov. Esta historia tiene lugar en una pequeña ciudad de Rusia. Sin embargo –al igual que sucede en tantas otras obras literarias–, el autor nunca dice el nombre de dicha ciudad, quizá con intención de hacer de su relato algo extensible a toda Rusia y, por qué no, a la humanidad entera.

Iván Karamazov, en una conversación con Aliosha, su hermano monje, le expresa su indignación ante el sufrimiento que hay en el mundo: “¿Eres capaz de comprender este absurdo, amigo y hermano mío, tú, humilde novicio del Señor, eres capaz de comprender por qué es necesaria y por qué ha sido creada tal absurdidad?” (p. 393). En especial, es del todo incompresible el sufrimiento de los niños y los inocentes. Así lo manifiesta Iván: “Si los sufrimientos de los niños han ido a completar la suma de sufrimientos necesaria para comprar la verdad, yo afirmo de antemano que la verdad entera no vale semejante precio (…) Muy alto han puesto el precio de la armonía, no es para nuestro bolsillo pagar tanto por la entrada. Me apresuro, pues, a devolver mi billete de entrada” (pp. 397-398). A través de estas conversaciones, tan intensas, el autor nos planta de modo directo, crudamente, frente al problema del mal moral, es decir, del sufrimiento. En este sentido, la obra de Dostoievski no quiere proporcionar al lector una moralina. Por el contrario, el autor sólo busca hacernos más conscientes de la complejidad de esta realidad que, más que un problema, se trata de un misterio en el que podemos profundizar más y más, sin alcanzar nunca a comprenderlo por entero.

Retrato de F.M. Dostoievski
Cada uno de los personajes de la novela convive con este misterio, y cada uno tiene un modo diferente de afrontarlo. Ciertamente, no hay receta posible para el sufrimiento. La respuesta a su presencia en nuestra vida ha de ser siempre personal, de tal forma que no hay en todo el mundo dos respuestas iguales. Sin embargo, aparecen personajes en la novela en los que sí que advertimos una nota común que, al mismo tiempo, resuena en cada uno de modo característico. Son aquellos que han comprendido –después de largo tiempo, tal vez– el profundo sentido que se oculta en la frase del Evangelio que da comienzo a la obra.

El relato de Dostoievski es profundamente cristiano. Si elimináramos esta perspectiva, la historia de los hermanos Karamazov sería incomprensible, pues sólo a la luz de esa frase del Evangelio cobra sentido. A su vez, esto implica que la contradicción es una constante que vertebra la historia de principio a fin. Aquí y allá, los personajes se dan de bruces con situaciones que no comprenden. Así sucede, por ejemplo, cuando el stárets Zósima le dice a Aliosha que ha de abandonar el monasterio para vivir en el mundo; o cuando, a la muerte del stárets, el mal olor que empieza a desprender su cuerpo hace que muchos duden de la santidad del monje, expandiéndose el rumor de que, en realidad, era un pecador. Todas estas situaciones, tan contradictorias, se iluminan de pronto cuando el lector vuelve a recordar la frase que había leído al comienzo. Sólo el que está dispuesto a renunciar a su vida por amor –a sus proyectos, a su buena fama, a su bienestar– es capaz de saborear la felicidad verdadera. “El amor humilde es una fuerza terrible, la más potente de todas las fuerzas; nada hay que se le pueda comparar” (p. 497), afirma el stárets Zósima.

Cuadro de Ilya Repin que se acerca a la atmósfera de la novela
Puede reprocharse a esta obra que, además de ser muy extensa, es en ocasiones confusa. Cabe responder a este reproche que Dostoievski no persiguió escribir una historia diáfana, sino algo acorde al misterio al que trató de asomarse. Ciertamente, el relato se detiene mucho en las conversaciones, así como en la psicología de los personajes. Al mismo tiempo, hay momentos en los que la historia principal queda fragmentada por otras pequeñas historias, como la vida del stárets Zósima o la célebre leyenda del Gran Inquisidor. Considero que esta aparente dispersión es en verdad otra herramienta de la que el autor se vale para dar a entender la complejidad del misterio que ha de impregnar el relato de principio a fin. Ciertamente, el misterio es algo muy presente en la Iglesia ortodoxa –a la cual pertenecía el autor– y, por desgracia, algo del todo ausente en nuestra sociedad. Hay mucho que aprender de Rusia y de su modo de entender la fe. Considero por esto que la lectura de Dostoievski es siempre un foco de luz sobre nuestra existencia. Sus obras tendrán vigencia siempre, en virtud de su gran protagonista: el alma humana, con sus alegrías y sus esperanzas, sus tristezas y angustias.


domingo, 30 de marzo de 2014

La gratitud por vivir

VERDE AGUA (Marisa Madieri. Editorial Minúscula. 203 págs.)


“La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía. En el silencio de la casa, cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente. Es algo que pocas veces me había pasado antes. Después de una infancia satisfecha y sin problemas inmediatos, una adolescencia pobre e introvertida y una juventud empecinada, he llegado a una madurez en la que las cosas y los acontecimientos parecen tener un ritmo más lento, que permite la reflexión”.

Considero que las citadas líneas condensan bastante bien el espíritu que anima Verde agua. Muchos han definido este peculiar diario como un pequeño clásico contemporáneo. A lo largo de sus páginas, Marisa Madieri –esposa de Claudio Magris- rescata del profundo océano de la memoria los fragmentos de su infancia y adolescencia y trata de elaborar con ellos el mosaico de una vida por la que no siente tristeza, sino sólo gratitud. 

A primera vista, el lector puede pensar que los recuerdos se acumulan en el libro de una forma desordenada y caprichosa. No es así. Madieri busca, mediante su relato, reflejar en pocos trazos la compleja cartografía de la memoria humana. Una memoria que no sigue un orden, sino que nos asalta aquí y allá con vivos fogonazos que nos hieren y nos transportan a un pasado que cobra apariencia de presente. En palabras de Claudio Magris, “el protagonista de Verde agua es el fluir del tiempo, atendido y transformado en relato”. Un protagonismo más reducido se lo lleva la situación histórica que enmarca la vida de la autora: el éxodo de los italianos de Fiume, ciudad que, tras la Segunda Guerra Mundial, fue integrada en la Yugoslavia de Tito.

Marisa Madieri indaga en el océano de la memoria
El papel de la memoria es fundamental en esta obra. No existen los recuerdos sino en la memoria de aquel que los vivió. La memoria es, en muchas ocasiones, una tabla de salvación para tantos instantes fugaces y preciosos al mismo tiempo. “En cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de la de los otros, hay algo de precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible”, dice Madieri. Todo lo que en un tiempo fue y desapareció permanece vivo en el recuerdo. “Dios, la Gran Memoria, no podía no existir”, concluye la autora. 

Verde agua trasmite, por otra parte, un pasmo absoluto por la vida, hasta en sus formas más pequeñas. La vida se nos presenta aquí como un regalo de infinito valor, un don por el que merece la pena luchar sin tregua. El agua aparece en el libro como una gran metáfora de la vida. Toda vida procede del agua y, a su vez, el agua es como la vida: límpida y transparente en la superficie y llena de vestigios pasados en sus profundidades. 

Es imposible comprender una vida por separado. Son las personas que la rodean la que, en tantas ocasiones, desvelan su sentido, antes oculto. “Debo dar las gracias a una multitud de personas, incluso a las que he olvidado, que al quererme, o simplemente al estar a mi lado, con su presencia fraternal no sólo me han ayudado a vivir sino que son, quizá, mi vida misma”. En las páginas de Verde agua, Marisa Madieri rinde tributo a tantas personas que la acompañaron: la abuela Quarantotto, su padre, su madre… El papel de las mujeres tiene especial relevancia en la obra. Madieri las homenajea, pues son ellas las que, tantas veces, son un trabajo tenaz y silencioso, guían la familia a puerto seguro, salvando innumerables obstáculos.

martes, 31 de diciembre de 2013

"Lux desiderium universitatis"

UNA TEMPORADA PARA SILBAR (Ivan Doig. Libros del Asteroide. 349 págs.)

“Buena parte del trabajo de mi vida ha consistido en separar el aprendizaje de la ilusión, y en la infinita galería de imágenes que se extiende tras los ojos, he aprendido a confiar en el brillo de ciertos detalles a la hora de rescatar un momento con exactitud”. Son palabras de Paul, protagonista de Una temporada para silbar, uno de los últimos libros publicados por Ivan Doig, escritor estadounidense de la talla de Wallace Stegner (Ángulo de reposo, En lugar seguro) o Norman Maclean (El río de la vida), todos ellos enamorados de la vida rural y el paisaje del Oeste de los Estados Unidos.

La obra de Doig es, principalmente, una reflexión sobre la infancia y el papel que la educación escolar juega en ella. Paul Milliron, superintendente escolar, regresa al lugar de su infancia ya adulto para tomar una decisión de gran importancia. Las escuelas rurales se presentan como inútiles a los ojos de un mundo cada vez más globalizado y ha llegado en momento de decidir si han de seguir o no. Este dilema desencadena en el protagonista una explosión de recuerdos que lo asaltan y lo transportan de vuelta a aquel año de 1910 en que Rose Llewellyn llegó a Marias Coulee –el pueblo de Paul- silbando una melodía que cambiaría para siempre la vida de la familia Milliron.

Una temporada para silbar puede parecernos, a primera vista, la típica novela sobre la vida de una familia en la América profunda. Sin embargo, creo que va mucho más allá. Por un lado, Doig se nos revela como un maestro a la hora de construir personajes. Desde el maestro Morrie hasta Toby, el hermano pequeño de Paul. El valor del detalle es sin duda uno de los puntos fuertes de esta novela, y son esos detalles los que nos permiten sumergirnos con los cinco sentidos en las vidas de los habitantes de Marias Coulee. Por otra parte, Doig nos invita a reflexionar sobre temas que trascienden la vida rural norteamericana de principios de siglo XX, pues nunca caducan. El personaje de Morris Morgan, maestro de la escuela rural, es un canto al importante papel que pueden jugar los buenos maestros en la vida de todo niño. Doig también destaca la importancia de una educación íntegra, donde el aprendizaje del latín –tan infravalorado hoy día- es un pilar fundamental para comprender nuestro lenguaje.
Finalmente, quiero mencionar la hermosa historia del cometa Halley, episodio que Doig emplea como recurso para dar comienzo a la última parte del libro, donde arrojará luz sobre el pasado de nuestros protagonistas. El cometa es una gran metáfora sobre la luz como verdad. “Solamente una vez en la vida veremos este cometa (...). Sin embargo, a su paso una cuerda resuena en lo profundo de nuestro ser”, dice Morrie. Este fenómeno, tan inusual como bello, nos recuerda el ansia que todo hombre tiene en su interior de encontrar la verdad. La verdad sobre pasado, pieza indispensable para reconstruir el rompecabezas que cada uno somos.

domingo, 9 de junio de 2013

La esperanza del peregrino

EL INSÓLITO PEREGRINAJE DE HAROLD FRY (Rachel Joyce. Editorial Salamandra. 331 págs.)

Un lector cualquiera, tras una rápida ojeada a la contraportada de este libro, pensará que tiene en sus manos la clásica novela británica ligera, sazonada aquí y allá con un humor irónico y, si acaso, con un pequeño drama humano como telón de fondo. Se equivoca.

Debajo de esta apariencia, que bien puede ser un efectivo cebo para atraer a un amplio abanico de lectores, se esconde una historia que, a medida que el relato avanza, se revela sólida y profunda. Harold Fry se nos presenta como un inglés recién jubilado, sin grandes aspiraciones, uno entre tantos. Sin embargo, una mañana recibe la carta de una vieja amiga que, atacada por un cáncer terminal, espera la muerte en un hospital situado en la otra punta de Inglaterra. Este detonante despertará en Harold una avalancha de recuerdos que le espolearán finalmente a emprender un viaje a pie hasta Berwick-upon-Tweed, el pueblo que en el que se encuentra su amiga.

Nos encontramos frente a una novela que da mucho más de lo que promete. Lejos de quedarse en una enumeración de sucesos pintorescos que acontecen a Harold en su largo peregrinar, la primera novela de Rachel Joyce va mucho más allá. Esta se sustenta principalmente sobre sus protagonistas, brillantemente construidos. No son monigotes sin voluntad, de apariencia agradable y maneras endulzadas. Tampoco personajes extravagantes más o menos entrañables –aunque, de hecho, la autora cede en algunos momentos frente a estos estereotipos-. Son personas de carne y hueso, con problemas muy reales, algunos graves y desgraciadamente comunes en nuestros días.

Merece especial atención la estructura del relato. Por un lado, Joyce establece una narración lineal por la que cuenta las vicisitudes de Harold en su viaje por las carreteras de Inglaterra. Por otro, la linealidad es surcada una y otra vez por el pasado de Harold, un pasado con oscuros abismos que lo asaltarán constantemente y le conducirán hacia una progresiva transformación interior que es articulada con verosimilitud, sin giros forzados ni atajos complacientes. “Mientras caminaba recordé muchas cosas (…) Algunos de esos recuerdos fueron duros, pero en su mayoría eran maravillosos”. Considero que esta segunda trama muestra una especial fuerza y aleja por completo al relato del estereotipo de novela ligera.

Rachel Joyce narra una historia valiente, que nos golpea con una pregunta muy actual: ¿Es posible hablar de esperanza en un mundo como el de hoy? Esta es la pregunta que Harold se hace y que trata de responder con su peregrinar. Las personas que va encontrando en el camino harán relucir este interrogante al tiempo que plantean otros tantos. Harold irá descubriendo cómo, pese a las aparentes semejanzas, cada persona es radicalmente diferente de las demás. Cada una es preciosa y frágil, bondadosa en cierta medida pero terriblemente extraña. La extrañeza ajena, el modo único en que cada ser humano carga con penas y recuerdos, es otro gran tema tratado por este libro. “Si te paras a escuchar, nadie da tanto miedo”.

jueves, 2 de junio de 2011

Olor a yerba seca

OLOR YERBA SECA (Alejandro Llano. Editorial Encuentro. 527 págs.)

Con un estilo suelto, Alejandro Llano va mostrando al lector su propia vida de modo sencillo y directo. Desde sus veranos de infancia en Ribadesella, explorando cuevas inhóspitas bajo la sombra de una guerra civil aún sin cicatrizar, hasta los años decisivos en los que desempeñó el cargo de rector de la Universidad de Navarra -esta vez bajo la amenaza de otra sombra: el terrorismo-, Olor a yerba seca va desgranando la historia de una vida que ha sido testigo privilegiado del devenir de España en la segunda mitad del siglo XX.

No obstante, este no es el punto fuerte de estas memorias. En el penúltimo capítulo del libro, el autor hace un homenaje a su maestro y amigo Fernando Inciarte, brillante pensador español que desempeñó casi toda su docencia en Alemania, diciendo que “era una persona con ángel”. Para los que no lo sepan, esta es una expresión castiza para referirse a una persona con un brillo especial, atrayente, auténtica. Creo que, si hay algo que engancha al lector de esta obra, es precisamente el brillo que desprende la vida que relata. Esta luz viene dada por una vida coherente, vivida de acuerdo con unos principios cristianos y contada con una humildad que no repele, pues es discreta y desvergonzada.

Otro acierto del libro es sin duda el modo en que su autor transmite su pasión por el saber y sus inquietudes por implicarse en la vida intelectual, social y política de España –la conciencia política es una constante a lo largo de todo el libro: algo muy interesante, pues es una de las grandes carencias de la sociedad española de nuestros días. El amor por la lectura, por la enseñanza, por la universidad. La universidad como institución capaz de mostrarnos horizontes nuevos e ilusionantes, como lugar de forja de las amistades más duraderas, como lugar de desarrollo intelectual y personal. De las páginas de Olor a yerba seca se desprende una mirada profunda al pasado, que compendia reposo y lucidez, al mismo tiempo que trasluce humor e ironía. Lo divertido es que Llano no se toma en serio su vida. Por eso el libro carece de justificaciones enrevesadas y se limita a mostrarnos una vida coherente y apasionada. Una vida que, en no pocos casos, presenta visos de lo que, siglos atrás, Aristóteles definió como “vida lograda”.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Cautivado por la Alegría

CAUTIVADO POR LA ALEGRÍA (C.S. Lewis. Editorial Encuentro. 189 págs.)


“Debes imaginarme solo, en aquella habitación del Magdalen, noche tras noche, sintiendo, cada vez que mi mente se apartaba por un momento del trabajo, el acercamiento continuo, inexorable, de Aquel con quien, tan encarecidamente, no deseaba encontrarme. Aquel a quien temía profundamente cayó al final sobre mí. Hacia la festividad de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, recé; quizá fuera, aquella noche, el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra”.

Cautivado por la Alegría (Surprised by Joy) es una autobiografía atípica, insospechada; un amplio y confuso aguafuerte del que el autor tan sólo está interesado en destacar episodios y aspectos concretos, piezas clave que ayudan al lector a ensamblar el complejo e intrincado puzzle que es toda conversión. Lejos de intentar extrapolar su experiencia a un plano más universal, Lewis se limita a hablarnos de su vida y de las personas que conoció desde su misma infancia. A lo largo de las páginas de esta obra van desfilando figuras tan luminosas como su madre –fallecida cuando el autor era un niño- y tan oscuras como el viejo Oldie –el iracundo profesor de la primera escuela a la que asistió Lewis- o los arrogantes y degenerados patricios de Wyvern –otra escuela a la que asistió antes de prepararse para la Universidad-.

“Insoportablemente personal”, en palabras del propio Lewis, esta autobiografía es también la confluencia de dos historias paralelas, si es que se puede habar así. Por un lado, la historia de los hechos que acontecieron en la vida real de C.S. Lewis –los años de escuela, las vacaciones, el servicio militar en la Gran Guerra…- y, por otro, el devenir del rico mundo interior del autor. Un mundo que comenzó a germinar en su más tierna infancia, alimentado por una imaginación desbordante que llevó al Lewis más niño a inventar mundos fantásticos y a desarrollar una curiosa “pasión por lo nórdico” –es decir, por la mitología nórdica y las obras surgidas en torno a ella: El Anillo de los Nibelungos, las Sagas escandinavas, así como la música de Richard Wagner-. Fueron estas experiencias interiores las que despertaron en el autor los indicios de algo nunca antes vivido: la Alegría. Estos y otros indicios posteriores le encaminaron en la búsqueda incansable de la fuente de dicha “Alegría”, llevándole, en un peregrinar confuso y de rumbo desconocido en muchas ocasiones, del más indolente ateísmo a un racional teísmo de tintes hegelianos y, finalmente, al retorno a la casa del Padre, al Cristianismo. “Al fin el hijo pródigo volvía a cada por su propio pie”.

El propio título de la obra sintetiza muy bien lo que supuso para Lewis el encuentro con el Dios verdadero: una sorpresa, el rapto inesperado de la auténtica Alegría, de una Alegría derrochada a manos llenas por un Dios misericordioso y sin escrúpulos, que se mete en nuestras vidas con descaro e impertinencia, a fin de que hallemos de su mano la fuente de todas las alegrías.

lunes, 7 de junio de 2010

El guardián entre el centeno

The catcher in the rye (J.D. Salinger) Penguin Books (Versión Original, 192 págs.), Alianza Editorial (Castellano, 232 págs.)

Se trata de una obra de la que seguramente todos –aunque sólo sea de refilón- hemos oído hablar. El sabio Salinger… Salinger el polémico, el zafio, el mordaz, el resentido… el enigmático. Como es sabido, esta es la única novela que su autor llegó a publicar en vida –murió recientemente, en enero de 2010-. Salinger fue un fugitivo de la fama, un ídolo que no se dejaba ver en público ni fotografiar. ¿Qué es lo que hizo que dejara de escribir?, ¿acaso creyó haberlo dicho todo con un solo libro? Son estos y otros interrogantes los que han encumbrado El guardián entre el centeno al Parnaso de las grandes obras literarias, convirtiéndolo en un libro de culto que ha sido objeto de las más variopintas teorías y elucubraciones. En cualquier caso, considero un acierto haber leído esta obra en su idioma original, pues posee un estilo muy característico ante el cual la traducción puede resultar entorpecedora.

Holden Caulfield es un adolescente en plena ebullición. Tras una larga lista de malas experiencias y expulsiones, Holden reside en Pencey, un internado del que es nuevamente expulsado días antes de comenzar las vacaciones de Navidad. La novela nos relata la odisea vital –emocional, afectiva, etc.- del protagonista en los días que suceden a su marcha de Pencey, antes de su llegada a casa. Con la frenética e impersonal ciudad de Nueva York como telón de fondo, nuestro joven caballero errante recorrerá una serie de episodios por los cuales tratará de encontrar el sentido y rumbo de su vida sin demasiado éxito. Holden parece haber declarado la guerra al mundo, pues todas las personas que encuentra a su paso le parecen unos hipócritas de vida desgraciada. Puede que, de hecho, lo sean. El autor muestra con acierto, en unas pocas pinceladas, el espíritu de una sociedad superficial, ruidosa y desnortada como lo era la del capitalismo de los años 60, germen de la sociedad actual. Pero no es sólo la sociedad la que carece de rumbo. Holden también sufre esa carencia. De algún modo, Salinger arremete en su obra contra dicha sociedad, achacándole parte de la culpa de la desorientación del protagonista. La sociedad de la autorrealización, de la competitividad académica, de la búsqueda alocada de placer… Holden busca, pero lo hace en una sociedad que no se define por ser precisamente buscadora –pues cree poder darse a sí misma lo que necesita- y, por tanto, la búsqueda siempre concluye en un vacío frustrado. Es una búsqueda por la identidad, por el propio nombre. Pero Holden se encuentra con que ha de darse a sí mismo un nombre, una identidad –el quién que todos tenemos y que nos ha sido dado-, y no puede, se ve incapaz. Leyendo entre líneas, podría decirse que, en este sentido, Salinger deja en su novela una puerta entreabierta a la trascendencia.

Nuestro protagonista odia a todos, porque no le han enseñado a amar. Pero, ¿cómo va a amar alguien nacido en un mundo que no sabe amar? Holden ve ante sí un mundo egoísta… y lo rechaza. Se niega a amarlo, así como a comprometerse con él –de ahí su fracaso escolar-. Tan sólo ama a aquellos a los que todavía no ha engullido ese mundo que odia: los niños –entre los que está su hermanita Phoebe-. La inocencia y la ingenuidad de los niños es el único consuelo para Holden en un mundo sin escrúpulos. Por eso él, tal y como dice el libro, querría ser como aquel guardián que vela por los niños que juguetean felices entre el centeno, impidiendo que caigan por el precipicio oculto por las espigas.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Todo fluye

Todo fluye (Vasili Grossman. Galaxia Gutenberg. 288 págs.)

A caballo entre la novela de tintes psicológicos, la biografía y el ensayo, Todo fluye es una elocuente y certera síntesis de lo que fueron los treinta años del gobierno de Stalin en la extinguida Unión Soviética. Será precisamente a través de los ojos y los pensamientos de un hombre que ha pasado dichos años recluido en campos de trabajos forzados como el autor nos introduce poco a poco a esa Rusia esquizofrénica que siente la culpabilidad de haber presenciado las mayores brutalidades a las que el hombre pueda aspirar a la vez que trata de autojustificarse.

Cabe destacar la original estructura de la obra. Parece como si Grossman se hubiera propuesto hacer una radiografía de aquellos tiempos, comenzando por lo más concreto hasta llegar a lo más abstracto, lo omniabarcante. La historia arranca con la llegada de un individuo famélico y demacrado, Vasili, recién liberado del Gulag, a la desangelada y siempre gris estación de Moscú. Pronto nos vemos inmersos en las reflexiones del liberto y, de algún modo, contemplamos a través de sus ojos la más extrema Rusia soviética a pie de calle. Las vivencias de Vasili se ven pronto intercaladas con relatos fragmentarios e intermitentes de personas que también sufrieron la crueldad del totalitarismo comunista en carne propia. Una mujer deportada a Siberia por no haber acusado a su marido de traición, el recuerdo de la terrible hambruna que asoló Ucrania, el trágico final de un apóstol de la Revolución de Octubre a manos del Estado por el que él lucho… Piezas aparentemente inconexas pero que, como a través de fogonazos –deslumbrantes por su intensidad pero precisos-, nos ayudan a percibir de una forma más total las consecuencias de aquel régimen.

El estilo ensayístico hace aparición en algunos momentos de la obra. Grossman, habiendo indicado las “coordenadas de terror” en las que se movía la maldad de Stalin mediante casos concretos, salta al plano abstracto para dar pie a una sugerente reflexión que no busca únicamente criticar esas tres décadas de infamia, sino más bien esbozar los puntos flacos de un sistema que no tuvo en cuenta la variable más relevante del devenir humano: la libertad. Todo fluye es, en conclusión, una obra sincera y conmovedora que nos ayudará a profundizar en los porqués de una época que, marcada para siempre por la miseria, también reveló los tesoros más preciosos e indestructibles de la condición humana.

martes, 23 de junio de 2009

Novecento


Novecento: La leyenda del pianista del océano (Alessandro Baricco. Editorial Anagrama. 88 págs.)


Inusual. Posiblemente éste sea un acertado apelativo con el que calificar la escueta pero evocadora obra de Alessandro Baricco. ¿Texto teatral?, ¿novela?, ¿relato? Novecento se inmiscuye en cada uno de estos géneros, pero sin llegar a ser ninguno de ellos. Desde la primera página, este monólogo con acotaciones no suelta al lector, a la vez que le pide tener los cinco sentidos despiertos, ya que es un texto que, por su brevedad, dice poco y a la vez dice mucho. Como el propio título indica, la obra se centra en la personalidad de un hombre sin parangón: Novecento, el extraordinario pianista del trasatlántico Virginian. A pesar de ser una obra concebida para ser representada en un escenario, el monólogo, cálido y misterioso, nos trasporta rápidamente a las cubiertas y los salones del lujoso crucero, y creemos estar allí, escuchando una de las alocadas composiciones del legendario pianista.

Seguramente, si alguien que hubiera leído este monólogo y fuera preguntado por el argumento del mismo, le sería difícil responder. Creo que aquí radica el misterioso atractivo de la obra. Sin duda hace referencia a grandes temas como la amistad –la del pianista con el narrador de la historia-, la humildad –de Novecento frente al arrogante Jelly Roy Morton-, la magia, la grandeza de lo pequeño… Destaco pasajes de gran belleza como el recital de Novecento en medio de la tormenta (“Comprendí que lo que estábamos haciendo en aquel momento, lo que de verdad estábamos haciendo, era bailar con el océano, nosotros y él, locos bailarines, y perfectos, abrazados en un vals turbulento, sobre el dorado parquet de la noche. Oh yes.”) o cuando se explica por qué nunca se atrevió a pisar tierra firme (“En ese teclado no hay una música que puedas tocar. Te has sentado en un taburete equivocado: ése es el piano en el que toca Dios”). Por su espontaneidad, por la frescura y la originalidad de las descripciones, muy poéticas en algunos casos, Novecento es una pequeña joya que se disfruta como una dulce pero intensa dedada de miel, que hay que saborear en pequeñas dosis para saber apreciarla.