miércoles, 5 de marzo de 2014

La pérdida de la identidad


CUENTOS DE TOKIO (Yasujiro Ozu, 1953)

Cuentos de Tokio es la prueba de que una historia sencilla no es una historia simple. La clave está en cómo es contada. El cineasta Yasujiro Ozu es, en este sentido, un maestro de la gramática de lo sencillo, de lo cotidiano, en que se inscribe su obra. Si bien el tema que subyace a la historia es de gran hondura, el modo de contarla es muy sutil. Esta forma de narrar queda subrayada por una tradición y unas formas –encarnadas en los personajes de los padres- donde nada es explícito, todo se sugiere. En esta misma línea, el cineasta se vale de recursos aparentemente sencillos –una mirada sostenida, unas manos que se estrechan, una habitación vacía- para plantear un drama familiar de proporciones universales.

Realizada pocos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Cuentos de Tokio es una sonora campanada que advierte al pueblo japonés del abismo al que se encamina. Esta idea es plasmada a través del contraste entre dos generaciones, lleno de paradojas. “Ahora son cortas las distancias”, señala la madre refiriéndose al viaje en tren. No obstante, vamos descubriendo cómo los padres nunca estuvieron más distantes de sus hijos que durante esos días en Tokio. También es paradójico ver que, cuando ningún hijo quiere ocuparse de sus padres, es el personaje de Noriko –quien no es de su misma sangre- el que cuida cariñosamente de ellos. Por último, resulta especialmente reveladora una frase del padre cuando contemplan la ciudad desde un mirador: “Tokio es tan grande que si nos perdiéramos, tal vez no volveríamos a encontrarnos”. En estas palabras, Ozu parece advertir el advenimiento una pérdida dramática, quizá irremediable: la pérdida de la identidad de un pueblo, radicada en gran medida en la tradición, la familia y la cultura.

Ozu nos presenta una gramática de lo cotidiano con Cuentos de Tokio

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